Reza Negarestani :: Torture Concrete (2/3)

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Noeud 3.1 Varia 04 (Paris, 2012), 2012

I. Protocolos de crueldad

La abstracción es el orden de la crueldad formal del pensamiento. En su forma más trivial y menos sofisticada implica una pura mutilación: amputa la forma de su materia sensible. En sus instancias más complejas –esto es, más verídicas– es la organización recurrente de la materia por fuerza del pensamiento, y la reorientación del pensamiento por fuerzas materiales. Es la penetración mutua y la desestabilización del pensamiento y la materia de acuerdo a sus mecanismos regulativos respectivos. Quien no reconozca y adopte la crueldad formal del pensamiento no está preparado para la labor del pensamiento. Quien no se adecue con la labor de la abstracción no puede liberar al pensamiento de su ociosidad y de su determinación opresiva por su propia imagen presente, es decir, qué es o qué debe ser.

A pesar de su diversidad, las obras de Moulène están unificadas por un principio de apoyo: la crueldad formal inherente al procedimiento de la abstracción, o lo que en el léxico propio de Moulène se llaman protocolos. La abstracción en este sentido no es simplemente un tema, una técnica o estilo, sino un protocolo envolvente que permite al pensamiento ver la imagen de sí mismo desde la perspectiva de una materia que le acecha implacablemente. Es un protocolo para la diversificación o ramificación de un término singular (un observable o un concepto) en sus contextos o instanciaciones locales a través de la compresión cualitativa de información y la composición de nuevas formas de organización del espacio. Con este objetivo, la aspiración de la abstracción es doble: tanto un acercamiento óptimo a un fenómeno o concepto unitario por medio de sus instanciaciones comprimidas, y una compresión integrada de múltiples observables o datos constituyentes en una única entidad abstracta que preserva sus rasgos invariantes (esto es, sus isomorfismos, simetrías internas, etc.). tanto la diversificación en instanciaciones comprimidas (grupos o categorías) y la compresión en datos abstractos unitarios son empleados como métodos para la organización de la información, la simplificación del procesamiento, ordenamiento, la diversificación de los procesos de pensamiento, incrementando las posibilidades de síntesis (pues la abstracción retiene generalidades que puede volver a pegar y juntar las diversidades) y suministrando los diferentes contextos de un término unitario o único con diferentes propósitos. Esta última operación permite descubrir o inventar nuevos roles, propósitos o tareas para un fenómeno o concepto unitario cuyos roles funcionales —su rango de actividades posibles o pragmas contextuales— están de otra manera escondidos, subdesarrollados o son desconocidos.

Lo que afianza y motiva el sistema de la abstracción es la ambición del pensamiento de liberarse a sí mismo de la tiranía del aquí y ahora, representada por el apego del pensamiento a un sustrato material particular, una intuición específica o un límite establecido por la imaginación. Pero en orden para el pensamiento de liberarse a sí mismo de su atrapamiento material, el pensamiento debe utilizar y manipular el material que domina sobre él. Es lo mismo para la imaginación y para las intuiciones del espacio y del tiempo. En vez de dispensar de los recursos que proveen al pensamiento, el pensamiento tiene que escapar de sus restricciones encontrando una nueva relación con ellas–una relación desestabilizada y des-equilibrada. A través de esta inestabilidad, el pensamiento se eleva a sí mismo a un plano superior de estabilidad o formación dinámica antes de incitar una vez más a nuevas perturbaciones en su relación con su entorno. Sin embargo, el pensamiento no puede desestabilizar su relación con cualquier cosa que le sirva de obstáculo sin primero desestabilizar su relación consigo mismo–es decir, desbalanceado su formación unitaria, su homogeneidad sin compresión. En otras palabras, el pensamiento no puede emplear efectivamente la crueldad de la abstracción hasta y a menos que ejercite la crueldad contra sí mismo. Aquí es donde el pensamiento adopta como propios los protocolos de crueldad que yacen en la base de la abstracción.

Al perturbar su homogeneidad y provocar el desequilibrio en su campo unitario, el pensamiento se ramifica en sus propias instanciaciones comprimidas (la filosofía, el arte, la ciencia…). Al ramificarse en sus dominios locales específicos, el pensamiento adquiere una propulsión noética de otro modo imposible desde la perspectiva de una homogeneidad de equilibrio, ya que de ahora en más, cada instanciación local de pensamiento provee al pensamiento de un nuevo rol funcional o rango designado de actividades. Cada trayectoria del pensamiento es en efecto una tendencia en el sistema del pensamiento que simultáneamente desprende y desarrolla nuevos hábitos intelectuales. Mientras que el pensamiento homogéneo estable se mantiene cautivo en su propia indivisión y se mantiene demasiado general para el alcance de cualquier tarea específica, las instanciaciones del pensamiento–los productos de la división de sí mismo del pensamiento alterando su formación–cuentan como denominaciones del pensamiento para tareas en evolución cuyos objetivos siguen siendo en gran medida desconocidos precisamente porque están libres de todo telos manifiesto. Solo equipándose a sí mismo con espectros de varias tareas y roles funcionales puede el pensamiento abordar una realidad despojada de todo telos, pero también escapar acumulativamente del orden de las causas naturales. En tanto el pensamiento inventa nuevos protocolos de auto-perturbación, canaliza y diversifica cada vez más sus tendencias dinámicas internas como nuevos campos locales de pensamiento. Con esto expande su fricción multi-modal sobre la realidad [2]. En consecuencia, la transformación del pensamiento puede delinearse en términos de su estructura configuracional, o de sus relaciones geométrico-dinámicas entre sus tendencias y campos locales.

El mayor mérito de la obra de Moulène es que él es tal vez el único artista viviente cuyo proyecto en su totalidad está dedicado sistemáticamente a cambiar la dimensión transformativa del pensamiento manipulando y perturbando la configuración general de su estructura–esto es, la relación entre sus tendencias y sus instanciaciones locales. Para él, la tarea del arte se redescubre no en su aparente autonomía, sino en su poder singular para reorganizar y desestabilizar las relaciones de configuración entre los parámetros del pensamiento, parámetros de la imaginación y restricciones materiales que estructuran y parametrizan el edificio cognitivo. En esta inestabilidad configuracional que permite la transición del pensamiento a un nuevo nivel ampliando el alcance de la síntesis (es decir, la diferenciación e integración del pensamiento). Sin embargo, la tarea en evolución del arte nunca puede abordarse enteramente desde dentro del arte mismo como modo particular del pensamiento, sino solo en el contexto de la estructura general del pensamiento que hace tal tarea posible y que la hace consecuente en términos del rol que juega en la transformación del pensamiento. Aquí es donde, enfocándose en la tarea del arte en término de las capacidades y oportunidades auto-transformativas del pensamiento–su propensidad a ser sistemáticamente cruel consigo mismo, a elevarse violentamente por sobre aquello que lo determina–Moulène realiza dos movimientos importantes: Primero, intenta redefinir lo consecuencial [the consequentiality] del arte en términos de lo que hace posible la tarea del arte y lo que legitima tal tarea dentro de un contexto más amplio. Segundo, al aproximarse a la tarea designada del arte mediante la configuración general que habilita semejante tarea (es decir, el bucle positivo de desestabilización-estabilización por medio del cual el pensamiento encuentra nuevas respuestas a las preguntas perennes sobre “qué pensar” y “qué hacer”), Moulène trata de delinear nuevos objetivos para el arte y para revisar su tarea.

Toda la tarea del pensamiento es redefinir sus roles funcionales y liberarse acumulativamente a sí mismo del dominio de toda causa externa que lo determine y todo telos que limite su ascenso funcional. Un campo local del pensamiento–sea el arte o la filosofía–que no reinvente sus tareas en orden de adaptarse a esta meta general no tiene ningún tipo de justificación para su existencia. Tal como la evolución biológica no tiene tolerancia frente a la falta de adaptación funcional, la evolución funcional del pensamiento no tiene paciencia para un modo de pensamiento que se rehuse a elevarse al estatus de la estructura noética que le sostiene. Un modo específico del pensamiento que no se eleve a sí mismo al estatus general del pensamiento es obsoleto y será arrancado por el mismo pensamiento que en un comienzo lo ha habilitado.

Al apropiarse del esquema general de abstracción como una operación a través de la cual el pensamiento puede desestabilizar su relación con su imagen presente, y a través de la cual la tarea indicada del arte como modo local del pensamiento puede también ser sincronizada con el estatus general del pensamiento, Moulène transforma la abstracción en un protocolo universal. Es este protocolo el que unifica variaciones aparentemente inconexas de la obra de Moulène. Al reanimar la crueldad formal del pensamiento–su propensidad de perturbarse y movilizarse a sí mismo a la vez introduciéndose en la materia e invitando al material a introducirse en aquél–dentro de cada instancia de su producción artística, el protocolo se vuelve el mismísimo tema de la obra de Moulène, que se rehúsa a establecerse como asunto acabado.

Lo que Moulène llama “protocolo” cuando describe su modus operandi al hacer arte es un sistema performativo o germen de perdurabilidad. Es un manual de pensamiento equipado con comportamientos influenciados materialmente y lógicas cambiantes de operación. Se llama protocolo en la medida en que gobierna la conducta del artista de acuerdo a los entrelazamientos entre las leyes (normativas) del pensamiento, las leyes (representacionales) de la imaginación y las leyes (dinámicas-naturales) materiales. Seguir el protocolo es estar preparado para cambiar el propio enfoque de acuerdo a cómo las interacciones de la materia y el pensamiento se desarrollan y cómo el espacio de la abstracción es reorganizado y diversificado. En otras palabras, el protocolo ofrece nuevas opciones de desequilibrio para los entrelazamientos entre el pensamiento, la imaginación y lo material.

Como el protocolo representa los tránsitos ramificadores entre pensamiento y materia, seguir el protocolo significa buscar la integridad en la variación y las oportunidades para participar en variaciones sobre la base de sus invariancias subyacentes. En este contexto, el enfoque de Moulène a la actividad artística en tanto “seguir protocolos”–actuar de acuerdo a los entrelazamientos entre leyes del pensamiento, leyes de la imaginación y leyes de la materia–resulta en un ejercicio de ‘integración a través de variaciones extremas’. Mientras el primer registro de esta variabilidad aparece en la diversidad temática de la obra de Moulène (una multitud de objetos), su verdadera expresión yace en la captura de la crueldad formal del pensamiento por medio de diferentes configuraciones del protocolo–es decir, por varios entrelazamientos entre pensamiento y materia.

El nudo, el cuerpo, la cabeza, el agujero, la nariz y la superficie sellada son diferentes instanciaciones del mismo principio generativo de crueldad formal a través del cual el pensamiento hace algo a lo material en orden de que el material imprima con fuerza sus influencias dinámicas sobre el pensamiento. El protocolo, por lo tanto, exhibe tanto los aspectos variables e invariables de esta crueldad generativa a través de la que el pensamiento y la materia desarrollan nuevas oportunidades para perturbarse el uno al otro. Cada instancia de esta crueldad contiene una manipulación de la materia por el pensamiento y una torsión del pensamiento por la materia. La perturbación mutua abre un nuevo campo de acción o práctica ante el artista. Este es un campo que obedece a la lógica de los sistemas dinámicos descubierta por Henri Poincaré y expuesta por gente de la talla de René Thom y Gilles Châtelet: la actividad se vuelve un asunto de seguir nuevas opciones de desequilibrio que abren nuevas rutas o tránsitos, y con ello nuevas restricciones que traen a la vista nuevos hábitos de acción. La libertad del artista, en este sentido, es la compulsión de seguir la cadena de protocolos en evolución, de llegar a nuevas opciones de desequilibrio (libertad de alternativas), de abordar su conjunto exclusivo de restricciones (libertad a través de reglas) y en definitiva, de decidir y adoptar hábitos para nuevas acciones permitidas por fuera de esas restricciones (libertad positiva como libertad para hacer algo).

Los protocolos no se componen deliberadamente de series de instrucciones, no son simplemente reglas arbitrarias forzadas por el artista para desarrollar un formalismo personal o para incrementar y/o dirigir la creatividad. En vez de eso, son reglas autónomas de conducta que gobiernan y dan forma a las interacciones del artista con materiales tanto teórica como técnicamente. En un sentido, lo que Moulène llama protocolos son nombres genéricos para procedimientos encarnados que demandan cambios de enfoque, perspectiva e incluso técnicas de manipulación dependiendo de cómo las interacciones entre pensamiento y materia evolucionan y se ramifican. Los protocolos, en este sentido, se oponen a la intencionalidad ingenua por la que el artista impone deliberadamente un conjunto de restricciones y reglas de acción a su práctica. Son más bien directivas e indicaciones para cómo proceder de acuerdo a reglas en evolución de compromisos entre pensamiento y materia.

Uno suministra la caja negra de la materia con la fuerza del pensamiento disfrazado como un observador virtual o una imitación truncada del sujeto pensante. Dotado de esta manera, la caja negra restringe la movilidad del pensamiento a partir de las restricciones intrínsecas de la materia sobre la que el sujeto no tiene arraigo. El producto  resultante es un espacio de tensión entre las restricciones del pensamiento y de la materia, las implicaciones lógicas y las implicaciones reales, los hábitos de pensamiento y las tendencias deshabituantes de la materia. La tarea de la abstracción en este escenario es liberar al sujeto virtual–la fuerza señalada del pensamiento–de la trampa de lo material. Pero esta liberación es conducida precisamente por la utilización de los recursos de lo material, con la ayuda de sus tendencias, propiedades y parámetros, que determinan y gobiernan el comportamiento del sistema material y, en consecuencia, limitan la dinámica del pensamiento, forzándolo a revisar su formación y triangular nuevas exigencias para la concepción y la acción.

Al suspender el rol de las ideas y las reglas auto-impuestas del artista y reemplazandolas con protocolos, Moulène transforma la actividad artística en un proceso de participación en la crueldad del pensamiento. El reordenamiento catastrófico de las correlaciones estables entre entendimiento, imaginación y encarnación, sus leyes y restricciones respectivas, abren un campo amplificado de ambigüedad. Este, un espacio en que las configuraciones generales del pensamiento y sus modos particulares, perturbaciones noéticas y perturbaciones materiales, geometría y física, implicaciones lógicas e implicaciones reales, experimento mental y manipulación material, nous desencarnado y naturaleza encarnada, interno y externo, existen lado a lado («ambi-»). Pero esta coexistencia lateral no significa un estado de correspondencia indeterminada entre lados o un equívoco realista. La activación del campo de ambigüedad requiere la priorización de uno de los lados por sobre el otro, un desbalance controlado de los lados que incite a revoluciones en el orden del entendimiento y exija nuevas decisiones con respecto a la decisión de orientación y nuevas estrategias para la estabilización del pensamiento, pasando a un orden más alto de equilibrio.

El campo de ambigüedad que el protocolo organiza es una tortura sobre la estructura del pensamiento, y específicamente la del entendimiento, una coerción para articular lo inarticulado rompiendo con las intuiciones básicas del entendimiento y las imágenes arraigadas del pensamiento. La influencia bilateral del pensamiento y la materia el uno sobre el otro bajo la forma de lo que la materia le hace al pensamiento es de hecho la violación de las abstracciones estacionarias a través de las que son imaginados el origen y el destino del pensamiento. La ambigüedad generativa que el protocolo engendra confunde irremediablemente los clichés espaciales del entendimiento: ¿Viene el pensamiento desde fuera o desde dentro del sujeto? ¿Dónde está la naturaleza en relación al pensamiento, en su centro o en su periferia? ¿Donde es más grande la densidad del pensamiento, en el sujeto que piensa o en el objeto que puede transformar al pensamiento en una cosa? Lo que inaugura el protocolo es un campo abarcador de perturbación–la ambigüedad generativa, la tensión envolvente de estar lado a lado, x junto a y–que viola toda institución de un adentro y un afuera, la derecha y la izquierda, el centro y la periferia. Un pensamiento que se ha liberado de tales intuiciones es un pensamiento preparado para abrirse en direcciones hasta el momento inimaginables.

Hay algo peculiarmente cruel y difícil sobre la ambigüedad establecida por el marco procedimental de la abstracción–el protocolo–entre pensamiento y materia, entendimiento y naturaleza, sujeto y objeto, el artista y su producción. No solo priva al pensamiento de las intuiciones ingenuas a través de las cuales se observa y transforma estrechamente a sí mismo; también hace entrar al pensamiento en entrelazamientos inquietantes con aquello que precisamente trata de evitar. Moulène tiene un nombre, o más adecuadamente, una configuración para esta ambigüedad complicada, la figura desencarnada de la crueldad: el nudo.

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Blown Knot 2 21, Rubyemerald, Varia 03 (CIRVA, Marseille, October 2012), 2012.

Notas

[2] Ver René Thom, Mathematical Models of Morphogenesis (Chichester: Ellis Horwood, 1983); Wolfgang Wildgen, The Evolution of Human Language: Scenarios, Principles; and Cultural Dynamics (Amsterdam: John Benjamins Publishing, 2004); y Lorenzo Magnani, Abductive Cognition: The Epistemological and EcoCognitive Dimensions of Hypothetical Reasoning (Berlin: Springer, 2009).

 

 

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